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Otra de las propuestas más audaces de la virulenta campaña electoral 2016 de Donald Trump , ahora ya en la presidencia, fue la de levantar un muro a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México y cargar el costo de la obra a los mismos mexicanos.

imagesMientras la frontera norte de Estados Unidos con Canadá tiene 8.851 km y en muchos tramos ni siquiera se sabe dónde termina un país y donde empieza el otro, la del sur, de 3.180 km, es su antítesis.

La indignación de los mexicanos y de muchísimos grupos sociales del mundo entero desató una verdadera ola de solidaridad y reclamos de derechos humanos pero sirvió también para volver a plantear varios temas candentes de una realidad escalofriante.

Llegar a Estados Unidos es el sueño de esos migrantes y los sacrificios para lograrlo son inmensos, hasta dejar la vida en el intento. Para los que se encuentran al sur de México, los centroamericanos, además de caribeños y asiáticos, las pesadillas se multiplican, si es que eso es humanamente posible porque las penurias que sufren en ese trayecto son espantosamente alarmantes. Y esa vergüenza, que duele en el corazón, no es responsabilidad del nuevo “azote” del mundo sino de las autoridades políticas mexicanas y latinoamericanas en su conjunto. Aquellas que fueron públicamente acusadas por el expresidente de Costa Rica Oscar Arias en abril de 2009.

imagesYH2D9CPL“La Bestia” es el nombre apropiado para varias formaciones de trenes de carga que atraviesan el territorio mexicano y que recorren los 1.000 km hasta la frontera este de Estados Unidos. O la nueva variante de 2.600 km, mucho más brutal por las extremas condiciones climáticas que debe recorrer para llegar a la misma frontera del lado del Pacifico. Los migrantes viajan donde pueden, en los techos, en los espacios terminales de los vagones, … y mueren donde les toca.

Sintetizando la cruda y bestial alternativa de esos migrantes: o sobreviven al hambre y la pobreza de sus países, o se arriesgan a morir a manos de las pandillas, maras, extorsionadores en la ruta ferroviaria del Golfo, o sufren los extremos rigores climáticos -no exentos de similares vandalismos- en la ruta del Pacifico. Pero en todos los casos, con el obligado pago de “peaje” en dinero y la inevitable violación de mujeres. Y al final del trayecto, todavía la incertidumbre de si podrán cruzar el rio Grande.

Sobre estas atrocidades humanas no se han levantado las mismas voces indignadas ni los mismos reclamos que por el aberrante muro. Y mucho menos, si provienen de ciertos sectores políticos o populistas, no realizan propuestas para que esos interminables flujos humanos se dirijan a los dos de los tres “paraísos socialistas” que aún subsisten en el mundo y que están igualmente cercanos, con el mismo idioma, comidas (aunque no mucha), hábitos y costumbres. A.

Virginia, Estados Unidos. Febrero 2017.