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Nuevamente, volvió a tener vigencia la frase que James Carville había acuñado como estrategia de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992: “It’s the economy, stupid”.

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Pero lo cierto fue que una buena parte del electorado estadounidense no se atrevió a expresarse públicamente durante los desgastantes meses de campaña presidencia por temor a la condena o marginación social. Tampoco lo hizo en las desprestigiadas encuestas. Se expresó por medio del secreto del voto. Fueron los mismos ciudadanos y sus electores para quienes los exabruptos de Donald Trump no les parecían tan desacertados. O aún más, los complacían.

Y no todos fueron WASPs (blanco anglo sajón protestante) el término informal, y a veces despectivo, con el que intenta calificarse a un grupo social cerrado de estadounidenses de clase alta e influyente con control y poder financiero, político y social. Fueron decenas de millones de personas, que se sumaron años tras años durante las últimas décadas, afectados por el proceso de globalización liberal extrema, que perdieron sus fuentes de empleo en sectores manufactureros tradicionales y a quienes la crisis del 2008 los terminó de marginar aún más. A ellos se agregó una parte importante de la clase media estadounidense, comerciantes, profesionales, otro mayor baluarte de sistema democrático.

Ese resentimiento se acumula desde los tiempos de Reagan, en toda la década de 1980, cuando desaparecieron millones de puestos de trabajo y millones de trabajadores fueron despedidos debido a la “relocalización” de las fábricas en otros países, cuando el salario de los trabajadores remanentes se estancó y cuando los impuestos de los más ricos se dedujeron casi a la mitad. Por más de 30 años esa realidad permanece ignorada y no fue tenido en cuenta por la dirigencia de ambos partidos. Ese fuerte deterioro socioeconómico fue aprovechado por Trump. Su motor de campaña tomó en cuenta ese sentimiento, atacó la globalización, la fuga de los empleos, la inmigración y la especulación de los magnates de Wall Street y ocupó el espacio que le dejaba la política tradicional representada por Hillary Clinton que significaba “más de lo mismo”. Los seguidores de la líder demócrata temían a lo desconocido aunque simpatizaban con algunos de los planteos de su oponente.

Nuevamente, volvió a tener vigencia la frase que James Carville había acuñado como estrategia de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992: “It’s the economy, stupid”. Solo que esta vez fue utilizado por su oponente partidario. A.

Buenos Aires, Argentina. Noviembre 2016.

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Estados Unidos, Política, Sin categoría

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