La diferencia fabulosa entre los fondos destinados a la educación y los resultados obtenidos, hace pensar que en algún tramo de la cadena de asignación de esos fondos hay una perdida considerable. O que los mismos son pésimamente mal administrados.

No importa las profesiones y especialidades de Santiago Kovadloff (filósofo), Marcos Aguinis (escritor), Alieto Guadagni (economista), Andrés Oppenheimer (periodista), Guillermo Jaim Etcheverri (médico), Mex Urtizberea (actor), ni las materias sobre las que escriben. Todos coinciden en darle a la educación una acentuada prioridad en el desarrollo del país. Antes que ellos lo entendieron así cada uno de los próceres del siglo XIX, también dentro del mismo abanico de tendencias políticas y formaciones intelectuales, que bregaban por la misma causa y se unían en un mismo objetivo: la prosperidad de los pueblos depende de la educación.
La sociedad y la cultura argentina no tienen la influencia de los libres pensadores orientales como Buda, Lao-Tse o Confucio y sus escuelas de vida y sabiduría que componen una mezcla de espiritualidad, moral y filosofía y donde la educación constituye un imperativo social prioritario. Sin embargo, en la herencia española se encuentran antecedentes destacados de la preocupación de la Corona por fundar universidades en suelo americano aun antes, y mucho antes, de que lo hicieran las otras potencias de la época como Inglaterra y Portugal. A la Universidad de San Marcos, en Lima, Perú, y lo que fue la Universidad de México, ambas de 1551, le siguieron la Universidad de Córdoba, en 1621, y Chuquisaca en 1624, ambas en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata.


Un establecimiento centenario.

La educación pública ha dejado de tener el interés prioritario que debe ocupar en los objetivos de los gobiernos. En ese sentido se agudiza el deterioro mientras aumentan las aspiraciones de la alicaída clase media por acceder a la enseñanza privada. De todas maneras, el futuro de sus hijos, por mejor formación que logren, estará sometido al gobierno de los dirigentes políticos elegidos por aquellos con escasa o menor educación y aun por los que carecen de ella.

Desde los informes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que advierte que la región se está quedando atrás del resto del mundo en casi todas las categorías de educación, ciencia y tecnología, hasta Shakira, en su conmovedor discurso del 7 de diciembre de 2009 en la Oxford Unión, Universidad de Oxford, las voces se repiten continuamente advirtiendo que la prosperidad de los pueblos depende de la educación.
La ya conocida conclusión a la que llegó la última evaluación del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE (PISA, por sus siglas en inglés), fue demoledora para Argentina, ya que la ubicó en el puesto 54º sobre 65 países analizados, solo superado por Perú (63º) y por debajo de los latinoamericanos Chile (44º), Uruguay (47º), México (48º), Colombia (52º) y Brasil (53º), escaso ejemplo de comparación.
Pero el detalle más llamativo es la diferencia abismal existente entre los fondos destinados a la educación y los resultados obtenidos. Según datos disponibles del PNUD 2007-2008 y PISA 2006 y elaborados por Eduardo Aquevedo (economista), los 10 países mejor posicionados en las pruebas PISA destinan entre 6,5% y el 3,6% de su PBI a la educación. Finlandia, el país que tradicionalmente lidera estas competencias que se realizan cada tres años, aplica el 6,5% de su PBI a la educación, el 12,8% de su gasto público. Los datos equiparables para Argentina son del 4,9% y el 13,1%, niveles nada despreciables. Sin embargo, con sus recursos Finlandia obtiene el primer puesto y Argentina no deja de estar por debajo de los 50 primeros.
Otro dato no menor es la aplicación de recursos destinados a la investigación y desarrollo, que constituyes una apuesta adicional al futuro. Los países que mas invierten son Canadá, Finlandia y Nueva Zelanda (6,5%), Estonia (5,3%), Israel (4,5%), Hong Kong (4,2%), Japón (3,6%), todos países que están también en los primeros puestos en educación. En Argentina esa inversión es el 0,4%.

Mal trato a las escuelas.
A todo ello se agrega la recientemente una encuesta realizada por UNICEF Argentina donde destaca otra consecuencia de la baja educación, la discriminación. Una demostración de que “la madre de todos los prejuicios es la ignorancia” como advierte Claudia Romero (educadora) de la Universidad Torcuato Di Tella.
Por lo tanto cabe preguntarse a donde van los cuantiosos fondos que supuestamente estan destinados a la educación porque resulta evidente que no cumplen con la finalidad para la que son adjudicados y son pésimamente asignados y peor administrados. Resulta fundamental que la sociedad le exija a sus gobernantes y a sus dirigentes que se vuelva a ubicar la educación en el primer lugar de las prioridades de la política nacional y que se asuma el compromiso de utilizar los recursos en forma eficiente para que se produzca el resultado similar al que logran los países exitosos en la materia. Caso contrario estaremos contribuyendo a continuar con el deterioro y caída de nuestra posición en el mundo y sus consecuencias serán pagadas por las familias, los estudiantes y por toda la sociedad en su conjunto. A.
 
Buenos Aires, Argentina. Agosto 2011.

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