24 diciembre, 2010

El paraiso no esta lejos.

Publicado en:
Liga Naval Argentina, Revista Marina, No. 572, pag 24, 25 y 26. Septiembre 1997. Buenos Aires, Argentina.

Río de Janeiro es un Estado privilegiado por la naturaleza. Montañas, playas, mar y un verdadero paraíso tropical marítimo. El paraíso esta en el mar y en las islas.

I – El litoral marítimo de Río de Janeiro.

Río de Janeiro es una ciudad, y un Estado, privilegiado por la naturaleza. Por si la ciudad no fuera suficientemente dotada de la exuberancia que la hicieron famosa, tiene en sus alrededores, no mucho mas de cien kilómetros de distancia, montañas como las de Teresópolis y Petrópolis, playas como las de Buzios y mares como los de Angra dos Reis.

Para los amantes del mar y los deportes náuticos, estos dos últimos lugares no son comparables. Buzios son playas, hermosas y caracterizadas cada una: Azeda y Azadinha, João Fernandes y João Ferandinho, do Forno, da Foca, Ferradura y Ferradurinha, Caravelas, Olho de Boi, y mas, a cual mas bonita.

Pero Angra dos Reis es mar, un verdadero paraíso tropical marítimo. Hay quienes dicen, y conocen, que no hay Tahití, Bali o lugares de los Mares del Sur que se le comparen. Pero, para que llegar a la competencia pudiendo disfrutar de un lugar idílico tan cerca de nuestras tierras? o de nuestros mares?

Angra dos Reis debe su nombre a que en 1501 llegaron a esta enorme bahía (angra) los primeros portugueses el 6 de enero y con esta denominación homenajearon a los Reyes Magos.

Es, en realidad, un lugar de reyes. La belleza de su bahía está defendida de los vendavales y las marejadas por la barrera de la lujuriosa Isla Grande. En su interior hay centenares de islas, mas de 360, todas ellas cubiertas por una densa vegetación tropical, la denominada mata atlántica, que bordea casi todo el litoral de esta región del continente.

En el siglo XVII era un escondijo de piratas, contrabandistas y abrigo de navegantes. Esta zona fue el principal centro de exportación del oro extraído del actual Estado de Minas Gerais, y desde donde sus poblaciones se abastecían de las mercaderías venidas por mar. Luego que aquella región minera fue conectada por otro camino al puerto de Río de Janeiro, continuó la actividad como puerto de exportación de azúcar, café y aguardiente (cachaca). El puerto de Parati, en el fondo Oeste de la bahía, fue también una importante vía de acceso de los esclavos negros venidos de África para trabajar en las minas y en las plantaciones.

Así continuó la actividad de esta región hasta 1877 en que se concluyó la construcción de una línea ferroviaria entre Río de Janeiro y São Paulo y la economía comenzó a languidecer.

Angra se mantuvo en esa situación por casi 100 años. Las condiciones cambiaron sustancialmente con el “milagro económico” brasileño de la década del ‘70. En la proximidades del puerto se instalaron sucesivamente el astillero Verome, la usina nuclear Angra I y luego otra Angra II, un terminal petrolero de Petrobras y varias industria menores. El crecimiento de la población fue grande y desordenado. La ciudad y sus alrededores se “favelizaron”, los problemas sociales se multiplicaron.

La terminación de la carretera Río de Janeiro-Santos, uniendo los dos mayores puertos de la Región Sudeste, facilitó el acceso de sectores de gran poder adquisitivo de Río y São Paulo, para los cuales se construyeron condominios cerrados de elevado valor, mientras que los mas pudientes se instalaron en las mismas islas, edificando algunas mansiones cinematográficas, no solo con amarras sino también con helipuertos y hasta alguna pequeña pista de poso para aeronaves menores.

Indudablemente el paraíso está en el mar y en las islas.

II – Angra dos Reis
Luego de navegar varios meses por la bahía de Guanabara, la segunda mas grande del mundo después de la de San Francisco, estaba ansioso por visitar la zona de Angra de la que tanto me habían hablado otros amigos de la vela. Por otra parte, para mi necesidad de aventuras, estos paseos de sábado y domingo en el interior de la bahía se habían vuelto monótonos. Comencé a hacer los preparativos necesarios para una corta travesía en mi pequeño velero Ielená, un Brasilia de 23’ particularmente confortable y con terminaciones de gran velero.

Encontré dos excelentes compañeros para este viaje en Augusto Baldoni, un ex-diplomático de Itamarty y colega de actividad de otras épocas que vine a reencontrar en Río de Janeiro, y en Paulo Scheuenstuhl, un veterano fotógrafo profesional y experto conocedor del mar de Angra.

Llevamos 50 litros de combustible, una cantidad excesiva para nuestro motor de popa de 8 hp, abrigos leves para la noche, comida y bebida en calidad y cantidad de crucero de lujo!

Aprovechamos un fin de semana largo de junio de 1995, al que ayudamos a que fuera mas largo, utilizando un viernes “sandwich”. Estas travesías se inician generalmente tarde en la noche para poder llegar a Angra de dia y tener una mejor visión de los obstáculos naturales a la navegación. Zarpamos de la Marina da Gloria a las 22:30 hs y nos separamos del muelle con el motor funcionando en baja velocidad.

No había viento ni dentro ni fuera de la bahía. Llevábamos encendidas las luces de navegación y había una gran luminosidad por la luna llena que pintaba de plata toda la superficie del agua. Al pasar el Pão de Acúcar apareció el espectáculo impactante de las playas iluminadas de Río vistas desde el mar: Leme, Copacabana, la punta de Arpoador, Ipanema, Leblon, São Conrado y Barra.

Pasamos al Sur de la Isla da Tijuca y corregimos levemente el rumbo, los mismos 285 grados que mantendríamos por largas horas hasta la Ponta de Castelhanos, en la Isla Grande.

Poco a poco fuimos dejando atrás las luces de la ciudad y comenzamos a guiarnos por la brújula. La noche era agradable, la temperatura del “invierno” carioca no era inferior a 22. Con charlas, historias marineras, y comiendo las delicatessen llevadas a bordo, fueron las rutinas de las horas siguientes. Un trecho mas adelante comenzaron a aparecer en la oscuridad otros veleros en la misma ruta y tres de ellos fueron nuestros acompañantes nocturnos.

La temperatura comenzó a bajar después de la medianoche y los abrigos empezaron a aparecer.

Nos turnábamos en el timón y en cortos descansos. Navegábamos bastante apartados pero paralelo a la Restinga da Marambaia, una lengua de tierra interminable que cierra la bahía de Sepetiba por el sur. La distancia es suficiente para no ver la costa, que por otra parte es rasa.

Así llegamos al momento mágico del amanecer. Las primeras luces del día trajeron el esperado viento que sopla desde tierra y el aumento de la temperatura. Subimos el foque y la mayor y nos liberamos del motor. Que serenidad ahora! Que suave silencio! Que delicia de navegación! Hasta un grupo de delfines de un blanco inmaculado y de un negro intenso son acompañó por varios minutos.

Los otros veleros que habían aparecido en la noche empezaron a dispersarse. El viento y la dirección de las ondas no se ponían de acuerdo por lo que tuvimos que trabajar bastante con el timón. Rizamos la mayor y cambiamos la genoa.

Finalmente divisamos la Ponta de Castelhanos, en la Isla Grande. Ingresábamos a la zona de Angra. El paisaje comenzaba a cambiar ahora. Aparecieron cerros e islas en nuestra proa. Corregimos levemente el rumbo pero ahora teníamos referencias visuales. El aroma del café del desayuno permitió apreciar todas estas bellezas con mejor ánimo.

Ahora nos dirigíamos al estrecho entre la Ponta do Pasto y el extremo Norte de la Isla Grande. La temperatura seguía subiendo, estábamos en junio, y al poco tiempo estábamos todos en traje de baño aprovechando el sol.

Hicimos casi 70 millas. A las 16:00 hs entrábamos en la marina de Porto Bracuhy y enseguida vimos a nuestras esposas que nos saludaban desde el muelle.

El Ielená quedó un año en Angra dos Reis y cada fin de semana que podía viajaba desde Río para nuevas aventuras. Las aguas son siempre templadas todo el año, transparentes, llenas de vida marina, peces de los colores mas variados, con el balanceo armónico de las algas, estrellas de mar del tamaño de un plato de sopa, islas con playas escondidas entre rocas y palmeras, bahías abrigadas por todos lados, incluso una en forma de caracol llamada con justicia Saco do Ceu. En muchas de ellas, al anclar para pasar la noche parecía estar sobre tierra en lugar de flotando dada la total quietud de las aguas.

Son innumerables los lugares para visitar y disfrutar de las playas, de los arroyos que desemboca en las ensenadas rodeados de vegetación, árboles, pájaros y serenidad por todos lados.

Si el Paraíso tiene alguna sucursal en la tierra, este lugar es uno de ellos.

III – Parati.
Luego de varias recorridas por los alrededores de Angra fue tomando cuerpo la idea de ir hasta Parati por un fin de semana. Mi amigo Augusto estaba entusiasmado con el proyecto y su hijo Alejandro nos acompañaba.

La familiaridad con la zona y la mayor experiencia nos daba confianza para intentarlo. Un fin de semana de enero de 1996 pareció propicio para hacerlo.

Partimos un sábado a las 09:00 hs. Salimos a motor para superar el encierro de la bahía en la que nos encontrábamos. Pero a partir de ese momento, un persistente viento nos mantendría a buena velocidad en el rumbo 240 grados deseado.

Fue un día de sol maravilloso, bebíamos líquidos en abundancia. Teníamos comida para entretenernos y, sobre todo, mucha charla. Alejandro se divertía con nuestras conversaciones y era un compañero excelente. Las horas nos pasaban tan rápido como rápido navegaba nuestro Ielená.

Estuvimos horas navegando en un agua transparente, guiados por la brújula, con nuestras velas ajustadas, en un día hermoso, en medio de una paz sin ruidos, con el solo murmullo de nuestro casco al deslizarse por sobre las ondas del mar.

Nos fuimos acercando a la costa, buscando el ingreso para nuestro destino final entre las islas. Nos internando en la bahía, cada vez más salpicada de casas, lanchas y veleros y finalmente, a nuestro frente aparecieron las torres inconfundibles de las iglesias del poblado. Allí estaba Parati! Nos sentíamos emocionados, como descubridores de otros tiempos. Eran las 17:00 hs y comenzábamos a estar cansados.

Buscamos un lugar en el puerto y dejamos el Ielená amarrado. De nuevo, era emocionante ver nuestro velero en el muelle, acompañando el movimiento del mar que se acentuaba en su mástil con las banderas de Brasil y Argentina.

Parati es un pueblo que esta a 240 km. de Río de Janeiro, con 25.000 habitantes, muy bonito, con mucho encanto y su arquitectura colonial muy conservada y protegida por el Estado como Patrimonio Histórico. Bastante restaurada, es un interesante ejemplo urbano colonial brasileño. Fue un puerto muy activo durante el siglo XVIII, ya que de aquí salía todo el oro extraído de Minas Gerais en camino para Portugal, y al cual llegaban los esclavos de África. La producción de caña de azúcar y café también le proporcionó riquezas al lugar, y su cachaca fue famosa.

El centro de la ciudad se mantiene cerrado a la circulación de vehículos. Sus calles son adoquinadas y los caserones con balcones de madera o hierro. Los alrededores de la ciudad están dominados por la mata atlántica, como todo Angra dos Reis y todas sus islas, con lo cual la vegetación exuberante le dá un marco maravilloso.

Luego de engañar los estómagos con un preámbulo para una buena cena, Augusto y Alejandro se hospedaron en una posada próxima al puerto. Mi alojamiento fue el Ielená.

A la mañana nos dimos cita a las 08:00 hs en la posada para desayunar. Lo hicimos en forma abundante. Teníamos un largo recorrido de regreso por delante.

Completamos la reserva de combustible por si faltaba viento en el retorno, compramos hielo para nuestras bebidas, y soltamos amarras nuevamente a las 09:00 hs. Esta vez pasamos muy cerca del Paratii el velero con el que Amir Klink pasó un invierno en la Antártida y después fue hasta el norte de Noruega, tan cerca como se lo permitieron los hielos. Klink es un profesional de la navegación, extremadamente previsor y cauteloso, como para haber realizado con éxito el cruce del Atlántico en un bote a remos desde Namibia, en África, hasta Salvador, Bahía. Allí, junto al Paratii, Amir Klink está construyendo las instalaciones para una escuela de navegación y vela y un pequeño museo.

El rumbo ahora era 60 grados pero además muy facilitado por la excelente visibilidad que permitía ver a lo lejos las cúpulas redondas de la usina atómica de Angra, un monumento al gasto público.

Estábamos navegando nuevamente con buen viento. Las velas desplegadas y ajustadas para un mejor rendimiento. Charlas, líquidos, Alejandro colaborando en todo, siempre solícito y cada vez mas marinero.

El día era caluroso. En el camino divisamos un pequeño promontorio rocoso y hacia el nos dirigimos para tomar un refrescante baño de mar. Máscara y snorkel para observar las bellezas submarinas. Cardúmenes inmensos de peces, que a esa hora yo imaginaba friéndolos en el sartén.

Mas bebidas, aceitunas, quesitos, y de nuevo en navegación. Ahora ya estábamos en aguas conocidas. Antes de llegar a puerto tomamos un nuevo baño y descansamos en una playa maravillosa.

Habíamos concluido una estupenda aventura de fin de semana. A.

Rio de Janeiro, RJ, Brasil. Agosto 1997.

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