Aeropuerto de Luanda,Angola
Sorpresivamente Angola aparece en la pantalla de radar de las noticias. Sin embargo, Itamaraty desarrolla su política de penetración en África desde comienzos de la década de 1970 en forma continua, permanente y consistente. 
En el verano de 1981, los vuelos entre Lagos, Nigeria, y Luanda, Angola, eran operados por la soviética Aeroflot y la búlgara Balkan Air, con aviones Ilyushin. Angola era un país en guerra civil desde antes de su independencia de Portugal en 1975. Llegar al aeropuerto de Luanda y ver alguna decena de aviones de combate resultaba impactante para quien no estuviera acostumbrado a escenarios bélicos. Todo el tratamiento hacia los visitantes estaba rodeado de una severa vigilancia y eran “recluidos” en unos pocos hoteles de una ciudad sin turismo. Que Angola estaba enrolada en el bloque soviético de la época “caliente” de la “guerra fría” no cabía la menor duda.
En ese ambiente hostil, los brasileños ya llevaban años desarrollando la política y comercial que fuera comentada en Un supermercado no es una Política de Estado. Con dificultades y ajustes permanentes pero con la persistencia de un objetivo nacional y estratégico. Esa nueva política de Itamaraty, sin embargo, no fue fácilmente aceptada ni en Brasil ni en África.
La desconfianza de África.
Con el objeto de ganar el tiempo perdido, Brasil priorizó en África los aspectos relativos a sus orígenes comunes con las naciones negras, conde­nando enfáticamente el racismo y el colonialismo, aquellas cuestiones que había apoyado hasta hacia poco tiempo atrás. Ya comentamos que la visita que Gibson Barbosa hiciera a este continente en 1972 no estuvo alejada del paternalismo con que tradicionalmente los europeos trataban a los africanos. En sus deseos de agradar a los africanos y con el objeto de atenuar la “blancu­ra” de la delegación brasileña, la de Gibson Barbosa incluyó entre sus miembros de último momento a un médico negro con la finalidad de atender la salud del canciller y que re­sultó ser… un ginecólogo.
El cambio repentino de la política sumado a algunos me­dios poco acertados para llevarla a cabo despertó lógicas sospechas y la actitud de Bra­sil fue considerada oportunista. Ejemplo de esa desconfianza fue la actitud del líder mozambiqueño Samora Machel. En ju­nio de 1975, la colonia portu­guesa de Mozambique se con­vertía en un país independien­te. A pesar de que Brasil re­conoció al nuevo gobierno, no fue invitado a los festejos ofi­ciales. En cambio fue invitado Luis Carlos Prestes, en esa época secretario general del Partido Comunista Brasileño, quien residía en Moscú. Pres­tes llegó a Maputo al frente de una delegación de brasileños exiliados y fue recibido con to­dos los honores de un Jefe de Es­tado.
Pero Brasil reaccionó rápi­damente a ese revés político y los cancilleres de ambos países iniciaron conversaciones in­formales en setiembre de ese mismo año. Ya en noviembre, Mozambique envió una nota a Itamaraty proponiendo el es­tablecimiento de relaciones diplomáticas, cosa que se concretó el 31 de diciembre de 1975. Así se abrió la embajada brasileña en Maputo a cargo del primer secretario Bernardo Pericas, ahora embajador retirado luego de su último destino como Cónsul General en San Francisco, California, Estados Unidos, hasta 2011.
El episodio fue ejemplificador para Brasil. Itamaraty perfeccionó los medios para alcanzar sus objetivos: “Vamos a cooperar con África en la medi­da de sus solicitudes y en la me­dida de nuestras posibilida­des”. Así Brasil se colocó en una actitud más discreta y dig­na, abandonando la idea de to­mar iniciativas que fueran in­terpretadas como entrometi­das y actuando sólo en base a la aceptación de propuestas reali­zadas. Fue una política pacien­te y acertada. La desconfianza de África dio paso a la comprensión aunque sin por eso dejar de observar como sus hermanos de color no se en­contraban en los niveles de las decisiones públicas ni priva­das.

Los africanos negros conde­nan toda forma de racismo y también de colonialismo. Por aquella época oponían enfáticamente a cual­quier tipo de alianza militar en el Atlántico Sur en la que participara Sudáfrica. Estaban enrola­dos definitivamente en el Ter­cer Mundo. Quieren ser íntegros y auténticos. Apoyan los principios básicos de la igualdad soberana entre los es­tados, la no intervención y el respeto mutuo. Todos estos ingredientes debieron ser to­mados en cuenta por la diplo­macia brasileña para abordar el mercado africano.
Las dificultades de Brasil.
El triunfo del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) encontró a los brasileños y a los cubanos trabajando juntos para garantizar el gobierno de Agostinho Neto. Los cubanos enviaron tropas, equipos mili­tares, armas y municiones. Los brasileños hicieron otro tanto con alimentos y comestibles. Es fácil imaginar que algunos sectores del poder brasile­ño se opusieran a esta política. No debe olvidarse que Brasil tenía gobiernos militares desde 1964. Las presiones internas hicieron enfatizar más el segundo término de la ecuación “pragmatismo res­ponsable”.
Brasil debió conciliar también esa política con sus vecinos sudamericanos. En es­pecial entre los interesados en la Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS). Ese proyecto de defensa, similar al del Atlántico Norte, fue lanza­do por Sudáfrica como una ma­nera de salir de su aislamiento diplomático. Los países suda­mericanos, Argentina, Chile y Uruguay, recibieron la idea con interés pero en Brasil, en especial la Marina, opuso gran­des reservas al mismo. Buena parte de los oficiales de esa ar­ma, alineados en una corriente “nacionalista”, favorecían una política más independiente, punto de vista que compartían muchos miembros de las Fuer­zas Armadas brasileñas. En consecuencia Brasil objetó el proyecto argumentando que el mismo se superponía con el Tra­tado Interamericano de Ayuda Mutua de Río de Janeiro firma­do por la mayoría de los países americanos. La decisión fue acogida con beneplácito por los países africanos.
Ya lo había advertido el Mi­nistro de Defensa de Nigeria, General Joseph Garba cuando expresó: “Toda organización militar en torno a este océano y que incluya a Sudáfrica constituirá para nosotros un peligro real”.
Ese conjunto de afirma­ciones positivas para los afri­canos hizo que éstos recibieran con mayor confianza a las dele­gaciones empresariales que co­menzaron a cruzar el Atlántico. Anteriormente, en 1973, una misión de 37 hombres de nego­cios fue a África apoyando la gestión política del canciller Gibson Barbosa. Fueron los co­mienzos de la Cámara de Comercio Afro-Brasileña de San Pablo. Los contactos realiza­dos en aquella oportunidad permitieron duplicar las compras africanas y cuadrupli­car las brasileñas, especial­mente de combustibles.
Una ofensiva comercial.
Los contactos oficiales y pri­vados empezaron a multipli­carse en progresión geométri­ca. Se suscribieron varios acuerdos de cooperación técni­ca, cultural y comercial entre numerosos países africanos y Brasil.
África encontró en Brasil un país que, sin dejar de estar en vías de desarrollo, mostraba grandes avances científicos y tecnológicos, y:
  1. Tiene proble­mas de desarrollo similares al África, en extensos territorios incomunicados desde el punto de vista económico;
  2. Tiene una tecnología bien adaptada a la ecología y climas tropicales que ofrecía mayores resultados que la europea;
  3. La tecnología brasileña es simple y fácil­mente asimilable por los países africanos; 
  4. En el mismo sentido Brasil ofrece consultorías y servicios acostumbrados a re­solver problemas con escasez de recursos y en climas tropi­cales, con apreciable ventaja sobre los europeos;
  5. Brasil está dispuesto a ceder su tecno­logía así como también a capa­citar técnicos y especialistas africanos;
  6. La gran población negra de Brasil hace que sus trabajadores especializados y técnicos de color sean mejor recibidos en África;
  7. En los países africanos de habla portu­guesa, Brasil amplia el aporte de sus conocimientos al campo administrativo, además de su experiencia en materia de distribución de alimentos, alfabetización y de formación técnica;
  8. Los brasi­leños están más ambientados al clima tropical y a ciertas ca­racterísticas de los niveles de vida africanos por lo que acep­taban trabajar en ese continente más fácilmente que los euro­peos.
Dado el incremento que las operaciones comerciales de Brasil tomaban en África, el Banco Real decidió la apertura de una agencia operativa en Abidjan, Costa de Marfil, a co­mienzos de 1978 seguida por otra del Banco do Brasil. En 1979 se instaló en Lagos, Nige­ria, una representación de ese último banco. Nació también una línea de navegación, la Nigerbras Shipping Line que sumó sus actividades al Lloyd Brasileño y a la Nigeria South America Line. Un vuelo sema­nal de Varig unía Río de Janeiro con Lagos y otro se inauguró con Luanda. Las obras brasileñas de ingeniería se multiplicaron en África abar­cando carreteras, hospitales, universidades, aeropuertos, hoteles, supermercados, servi­cios telefónicos, telecomunica­ciones, comercialización de vehículos, ómnibus es, alimen­tos y comestibles además de una amplia variedad de pro­ductos terminados y semiterminados.
Por entonces, siete países africanos abrieron embajadas en Brasil a las que se sumó en 1981 la de Ango­la. Algunas de ellas eran de vieja data como la de Senegal y Nigeria en 1966. Las relaciones con Nigeria, por ejemplo fueron de tal magnitud que ese año co­menzó a funcionar un Consula­do General en Río de Janeiro. Miles de estudiantes nigerianos siguen cursos en Brasil y otros tantos profesionales africanos se capacitan en escuelas técnicas o universi­dades brasileñas y visitan algu­nos de los centros de estudios africanos en San Pablo, en Río de Janeiro y en Bahía.


Leopold Sedar Senghor.
(1906-2001)
El afianzamiento paulatino y constante.

África se ha mostró prodi­giosa en visitas a Brasil, allá ha ido nada menos que el legendario líder negro Leopold Se­dar Senghor, el poeta y político senegalés que durante 20 años fuera presidente de su país; el devoto socialista panafricano Julius Nyerere quien logró la fusión de Tanganica y Zanzíbar en la actual Tanzania; Sekou Toure, de Guinea, aquel intransigente primer ministro de 36 años que en 1958 fue el primero en lograr la independencia de Francia, cuando en un discurso pronunciado ante Charles de Gaulle manifestó: “Guinea prefiere la pobreza en libertad a la riqueza en la esclavitud”; Félix Houphouet Boygny, el culto presidente de Costa de Marfil que fuera ministro durante cin­co gobiernos sucesivos de Francia, incluso durante la Quinta República; el ya nombrado Luis Almeida Cabral de Guinea-Bissau; ade­más de una larga lista de personalidades nigerianas, angoleñas, mozambicanas y de buena parte del resto de los países africanos.
Con el advenimiento de Joao B. Figueiredo a la presidencia de Brasil en 1979, la política del “pragmatismo responsable” tomó un nuevo impulso. Encabezando delegaciones comerciales a Tanzania, Zimbabwe, Zambia, Angola, Mozambique y Nigeria, el canciller Ramiro Saraiva Guerreiro visitó varias veces África durante su gestión.  A eso se sumaba permanentemente giras artísticas brasileños estrechando lazos culturales con cada país.



R. Saraiva Guerreiro
Politico y diplomatico
brasileño.
(1918-2011) 

La estrategia de Ita­maraty en el África se apoyó en tres puntos bien distri­buidos. El primero fueron los países de habla portuguesa con los que se iniciaron las rela­ciones entre ambas regiones. El intercambio con Angola fue considerable. Ya en 1980, el gobierno de Luanda envió una delegación de 18 miembros para que represen­ten a su país en la toma de posesión del presidente Figueire­do. Los resultados de la acción brasileña en Angola facilitaron el acceso a Mozambique y Guinea.


El segundo punto estuvo consti­tuido por los países del centro-sur del continente africano, ve­cinos de Angola y Mozambique. Ellos fueron Zambia, Tanzania, Uganda, Kenia y Zimbabwe. La diplomacia de Brasilia logró que Brasil fuera el único país latinoamericano en estar presente en las festividades conmemorativas de la victoria de Mugabe en Zimbabwe.
El apoyo restante se ubicó en la costa atlántica africana, la más próxima, geográficamen­te a Brasil, con países como Senegal, Costa de Mar­fil, Ghana, Nigeria y Gabón. Allí hubo una intensa actividad de asistencia técnica y presta­ción de servicios con Nigeria y una coordinación en las políti­cas comerciales del café y el cacao con Ghana y Costa de Marfil. Y Brasil compraba petróleo en Nigeria y Gabón. 

Jose dos Santos


Toda esta política la condujo Itamaraty con cautela y discre­ción, sin dejar de denunciar la intervención armada en Ango­la y Mozambique, reconocien­do a Namibia y apoyando al South West Africa People’s Organization (SWAPO) aunque mantuvo al mismo tiempo, en un delicado equilibrio, una representación diplomática en Sudáfrica -a cargo de un Tercer Secretario- y continuando con los vuelos semanales de Varig a Johannesburgo.

Análisis costo-beneficio para Brasil.
La mayoría de las operaciones brasileñas fueron realizadas mediante el otorgamiento de cuantiosos créditos, inclusive a aquellos países que estaban vedados por los bancos europeos. En el terreno político, Brasil iniciaba la delicada y lenta tarea de lograr de África una posición de aliado. En ese sentido, Itamaraty actuó de intermediario de los intereses africanos y en particular de los luso parlantes, en numerosas oportunidades, tanto en los foros internacionales como a nivel bilateral.
Este constituye un ejemplo de una política de Estado continua, coherente, permanente, persistente. Lo contrario son acciones espasmódicas, oportunistas, de efectos negativos, con mas desgastes que logros positivos. José Eduardo dos Santos, en la presidencia de Angola desde 1979, lo sabe bien. A.
Virginia, Estados Unidos. Febrero 2012.

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