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Revista Pulso No. 159. pag. 6. 26 mayo 1970. Buenos Aires, Argentina.

Nuevos inconvenientes deben afrontar los sectores vinculados a la industria y comercio de aceite de girasol, particularmente los exportadores. El decreto 2.070/70, recientemente aparecido, fija un cupo de exportación para este rubro de 70.000 toneladas, en el período comprendido entre el 1º. de febrero del corriente año y el primer día de marzo de 1971.

Los exportadores habían anunciado compromisos suscriptos por 145/150.000 toneladas, y previnieron, en una reunión mantenida con funcionarios de la Secretaría de Comercio Interior, el deterioro de la imagen vendedora argentina que la medida podría acarrear a los ojos de los importadores europeos. Se piensa que éstos podrían incluso iniciar reclamaciones a través de canales diplomáticos, lo que poco debe de agradar a la Secretaría de Comercio Exterior.
Según lo afirmaron a PULSO los presidentes de la Cámara de Aceites Vegetales y Subproductos, Dr. César Tognoni, y de la Cámara de Fabricantes Refinadores de Aceites Vegetales, Atilio E. Lamberti, la industria podría exportar este año 90/100.000 toneladas de aceite de girasol, de acuerdo con la segunda estimación de cosecha que la sitúa en 1.100/1.200.000 toneladas, superando las 1.040.000 toneladas de semilla que había dado la primera, compulsa. A eso habría que agregar 40/45.000 toneladas de aceite de maní, y todo ese excedente podría comercializarse exteriormente sin detrimento del consumo interno, ya que quedan aseguradas y reservadas las 260.000 toneladas de girasol que anualmente éste requiere, más un carry-over de empalme con la próxima cosecha de 30/40.000 toneladas.

La conclusión que extraen los industriales es que la Argentina no debe perder “la mejor coyuntura internacional en la historia del girasol en el país”, cuando la favorable evolución de los precios internacionales y una relativamente buena cosecha local consolidan la posibilidad de afirmación de mercados que, a raíz de la crisis del año pasado, lógicamente se resintieron.

El fracaso de las campañas anteriores llevó a límites críticos el normal abastecimiento interno de aceite comestible. La Cámara de Envasadores anunció en repetidas oportunidades la carencia inminente de aceite en plaza. Tan convincentes llegaron a ser sus reclamos -apoyados por el cierre de numerosas fábricas y plantas de embotellado- que en dos oportunidades la Junta de Granos llamó a licitación internacional para la compra de aceite de girasol, nabo, soya y algodón. Y otras tantas veces fracasó en su intento porque los precios ofertados eran todavía superiores a los del mercado interno.

A pesar del paulatino descenso de los stocks, las tempranas cosechas del norte, Chaco especialmente, colaboraron aliviando la precaria situación del mercado interno, empalmando ajustadamente las cosechas de 1968/69 y 1969/70.

La oportunidad largamente acariciada por los exportadores argentinos se presentó a principios de este año, con la menor participación de importantes vendedores de Europa Oriental y en especial la Unión Soviética. Así, los sueños se trasformaron en concretas cotizaciones de mercado: el precio actual de aceite de girasol en Rotterdam llega a 350 dólares la tonelada frente a solo 170 dólares hace un año.

Afinando la puntería.

La consecuencia de esa coyuntura es la actual preocupación de los funcionarios de Comercio Interior: se vendió aceite en un volumen tal, que peligraría nuevamente el abastecimiento o los precios del mercado interno. Sobre este punto, los empresarios dijeron que “habría que tolerar algún pequeño ajuste, teniendo en cuenta la poca gravitación del aceite sobre la canasta familiar”.

La fijación de un cupo de exportación de 70.000 toneladas surgió de la diferencia entre un volumen de aceite de 330.000 toneladas -primera estimación- y las 260.000 que exige el consumo interno. La aparición del decreto sirvió para elevar en 14 dólares la cotización del mercado internacional, sumamente sensible a los acontecimientos argentinos desde que se conoció días antes la reducción del 45% del área sembrada en la URSS.

Sin embargo, lo que inicialmente configuraba un cuadro dramático comienza ahora a adquirir un tono más sosegado. En el ámbito oficial se tienen dudas acerca de las declaraciones de los exportadores en cuanto a compromisos de embarque; su abultamiento se basaría en el temor de ver reducidas sus ventas, posteriormente confirmados. Pero alguna orden de recompra, difícil pero no imposible, puede reducir el monto comprometido para exportar, y además la próxima sanción de un decreto ampliatorio del cupo anterior, esta vez a 90.000 toneladas, permitirá ir ajustando la óptica oficial a la del sector privado.

Los empresarios también se han manifestado en desacuerdo con la disposición del decreto 2.070, asignando los cupos de exportación a cada firma en función de su participación los, cinco años anteriores. En tal sentido, el prorrateo de los montos comprometidos resulta ser más justo y de adecuada consideración hacia aquellas firmas que tratan de ganar nuevas posiciones en el mercado internacional.

Cuidar la canasta familiar.

Ha sido ésta una inesperada puesta a prueba de las autoridades oficiales, un enfrentamiento entre objetivos políticos de distintos organismos gubernamentales. Por una parte la Secretaría de Industria y Comercio Interior es la guardiana del nivel de precios de los artículos de primera necesidad. Por otra, la Secretaría de Comercio Exterior está comprometida a alcanzar un volumen de exportaciones cercano a los 1.800 millones de dólares en 1970.

Evidentemente existen problemas comunes a ambas metas, pero de tratamiento distinto. Es este un caso en el que parece tener prioridad la estabilidad del costo de la vida, frente a lograr un mayor saldo favorable de la balanza comercial. A.

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