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El Cronista Comercial. Pág. 6 y 17. 2 enero 1981. Buenos Aires, Argentina.

La sequía, el flagelo de 360 millones de habitantes.

Como en alguna oportunidad dijera el veterano presidente de Senegal: “En África no hay fronteras, ni siquiera entre la vida y la muerte”. Con esta frase, Leopold Sedar Senghor sintetizó la homogeneidad y el drama de un continente de 360 millones de habitantes que está condenado al hambre.
Actualmente la sequía está desbastando extensas regiones de África desde las costas del Océano Indico hasta las del Atlántico. Más de 27 estados se encuentran afectados por la falta de lluvias. Las lluvias tienen para casi todos estos países fundamental importancia para la agricultura. Sólo el 8% de la superficie cultivada del continente se encuentra bajo riego. El 92% restante de¬pende exclusivamente de las precipitaciones.
De acuerdo a los expertos de la FAO y del Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, sólo una mayor y más generosa ayuda proveniente de los países industriales puede mantener a la población apenas en el estado actual de desnutrición. Si eso no ocurre y la ayuda se mantiene en los niveles presentes, la muerte por inanición se generalizará, aumentando el éxodo interno, creando tensiones sociales adicionales, incrementando las presiones demográficas en aquellos centros que aún mantengan resto de capacidad de alimentación.
El África Oriental.
La guerra de Ogaden, el accionar de la guerrilla en el sur de Etiopia y en el norte de Uganda, están llevando a los límites del horror la sequía en el Oriente de África. En junio pasado el Consejo Mundial pa¬ra la Alimentación de las Naciones Unidas se reunió en África por primera vez desde su creación en 1975. En esa oportunidad lanzó desde Arusha, Tanzania, un urgente pedido de ayuda para este año de un millón y medio de toneladas de alimentos para socorrer a la población de 17 países acosados por el hambre. El Consejo Mundial para la Alimentación busca la forma de incrementar la efectividad de los planes de producción de alimentos y la movilización de la ayuda internacional a los países necesitados. Sólo Canadá estuvo dispuesto a incrementar su ayuda alimentaria y propuso la cre¬ación de una reserva de granos de 12 millones de toneladas para ser almacenadas en los países del Tercer Mundo como salvaguardia contra el hambre. Hasta el presente, 32 naciones solicitaron un programa estratégico de alimentación -incluyendo 19 estados africanos-. Los países dispuestos a proveer asistencia son Canadá, Estados Unidos. Francia y Alemania Occidental.
Actualmente la situación se ha agravado aún más elevando a 27 los 17 países originariamente hostigados por la hambruna. Etiopía, Somalia y al norte de Uganda son las regiones más castigadas y donde la ayuda debe ser inmediata. La sequía afecta severamente a Cabo Verde, Malí, Mauritania, Chad, Senegal, Alto Volta, Guinea, Kenya, Tanzania, Malawi, Mozambique, Madagascar, Lesotho, Zimbawe, Angola, Swazilandia, Bostwana, Sudan, Zambia, Gambia, Malí, Níger, Guinea-Bissau.
No cabe la menor duda que la situación se agravará el año próximo y todavía pasarán varios más para volver a los niveles de subsistencia anteriores. Miles de refugiados de Ogaden y Eritrea cruzan diariamente la frontera de Kenya y Uganda hacia el sur, y hacia el sur de Somalia. En estos lugares se han establecido campamentos para los refugiados que llegan caminando de noche y escondiéndose de día. Los niños mueren más rápida¬mente que los adultos en las largas jornadas con escasa o ninguna comida. Muchos de ellos han abandonado sus primitivos y elementales útiles de labranza en esta desesperada huida por sobrevivir. Más del 75% del ganado ha muerto. Este desastre no se podrá recuperar en un año o dos fundamentalmente por el éxodo habido en el reglón y la muerte del ganado.
Mientras tanto los alimentos provenientes de la caridad internacional, aunque insuficientes, se acumulan en los lugares de concentración administrados por las misiones extranjeras. Apenas una décima parte pudo ser distribuida entre los necesitados. La corrupción de los funcionarios oficiales en Kampala los inhabilita para salvar la vida de centenares de miles de seres humanos. Las bandas armadas del ex dictador Idi Amin Dada, siguen aterrorizando el área. Otra escena casi irreal es la de cientos de buscadores de oro en los lechos secos de los ríos.
Durante la década del ’70 va¬rios gobiernos africanos lanzaron más o menos vigorosas campañas para motivar a la población a incrementar la producción agrícola-ganadera. Algunas de ellas fueron la “Reconstrucción Rural” de Zambia, “Alimentarse a Ud. Mismo” de Ghana, “Operativo Alimente a la Nación”, de Nigeria. Ninguna de ellas alcanzó, ni siquiera mediocremente, el objetivo propuesto. Por el contrario, en todos los casos se observó no sólo una mayor dependencia de la importación de alimentos sino una reducción en el valor de las exportaciones de productos agrícolas. La producción de alimentos aumentó levemente desde 1970 pero la población lo hizo en forma vertiginosa. Como consecuencia de ello el índice de producción de alimentos per cápita que, según la FAO, era de 100 en 1970, había caído a 93 en 1978. Los índices del volumen de exportación, para el mismo período» pasaron de 104 a 84 mientras que el índice de importaciones lo hizo de 101 a 194. Los pronósticos de todos los análisis que se hacen sobre la vasta región que se extiende al sur del Sahara son que la situación se agravará inevitablemente. Por otra parte la superficie apta para la agricultura es muy reducida y, debido a la escasez de humus, la producti¬vidad es muy baja.
La necesidad de alimentos provocó el abandono de buena parte de las producciones destinadas a la exportación para dedicar esas tierras al cultivo de granos y cereales. Así cayeron las ventas al exterior de fibra de algodón, aceite de palma, café, cacao y tabaco. Solamente el té, el sisal y la caña de azúcar mantuvieron y aumentaron sus niveles de producción. Sin embargo la producción de cereales y granos no permitió salvar inmediatamente la brecha entre un tipo de producción y otro. Este hecho no fue tenido en cuenta para aquellos que recomendaron la transformación de los cultivos como una forma de dar un mayor nivel de alimentación a la población y aislar a las vulnerables y mono productivas economías nacionales de las violentas fluctuaciones de precios del mercado mundial de materias primas.
No debe dejarse de considerar también la turbulencia política y social del continente. Nigeria y Zaire fueron escena¬rios de devastadoras guerras civiles a fines de la década de 60. Luego Uganda. Angola y Etiopía, pasaron por las mis mas funestas experiencias. Liberia. Chad, Zambia y Zimbabwe son algunos de los ejemplos más recientes y actuales. La inestabilidad de los gobiernos impide la continuidad de los proyectos más que en ninguna otra parte del mundo.
Los agricultores africanos no reciben ninguna ayuda oficial de sus gobiernos. El costo de los insumos agrícolas aumenta constantemente. En consecuencia, salvo que los gobiernos estén dispuestos a subvencionar o financiar la compra de fertilizantes, semillas o maquinaria agrícola, los agricultores no podrán introducir ninguna mejora en sus producciones.
Pero fundamentalmente, como explica el historiador francés Pierre Bertaux, África no es un continente agrícola “En Europa, regar la tierra con su sudor confiere al campesino derechos sobre ella, de donde proviene su sentimiento de propiedad. En cambio en África, ha sido relativamente raro que la tierra se haya valorado. Esto obedece a razones climatológicas y técnicas. Razones climatológicas: el sol africano, la sequedad y. allí donde llueve, la violencia de las lluvias tropicales que embarran el suelo, son factores que no favorecen el desarrollo de la vida bactereológica que constituye el humus. Es la creación del humus lo que ata al suelo al cultivador. Razones técnicas, que están además ligadas a las precedentes: la agricultura africana desconoce los cultivos alternos y sólo excepcionalmente practica el abono, producto de la alianza raramente utilizada en África entre la ganadería y la agricultura”. Así pues, la tierra se empobrece rápidamente y la agricultura es una práctica nómada en la que una aldea entera puede desplazarse ya que la rigurosidad del clima no les ha exigido la construcción de viviendas estables y está sólo compuesta por mujeres, hombres y niños que se trasladan de un lugar a otro. La tierra nunca ha tenido en esta región del mundo valor en si misma.
Las perspectivas a largo plazo.
No existe una sola y simple solución para un problema tan complejo. Tampoco existe la posibilidad que África se ayude a si misma o que la ayuda venga exclusivamente del exterior. El principio de solución debe buscarse en la armonización de las políticas de las naciones africanas, la ayuda técnica y financiera que puedan facilitar otras naciones industrializadas o más desarrolladas y la estrategia, asistencia o financiamiento que puedan instrumentar los organismos internacionales.
Hace pocas semanas atrás, en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Robert McNamara expresó con profunda emoción que, a pesar de todos los esfuerzos realizados para ayudar a las naciones pobres del mundo, era frustrante reconocer que hacia fines de siglo habrá unos 600 millones de personas sumidas en la pobreza. La emoción del presidente del Banco Mundial pareció conmover al ministro de Finanzas de Tanzania. Amir Jamal. En esa oportunidad. Jamal hizo una de las más severas críticas al FMI y al BM, destacando el efecto negativo que sobre las economías periféricas tenían el aumento en los precios de los combustibles, de los alimentos y la creciente inflación de los países industriales.
Aquellos países que claman por una revolución verde, en la forma en que originalmente fuera concebida por las fundaciones Ford y Rockefeller y desarrollada en México a partir de 1959, pueden llegar a encontrarse con la paradoja de tener saldos agrícolas exportables y una población hambrienta. Las legendarias semillas “milagrosas” no son tales si no forman parte de un conjunto en el que intervienen tractores, fertilizantes, semillas, alimentos balanceados, equipos de riego y fumigación, pesticidas y herbicidas. La modernización de la agricultura requiere mayores insumos de alta tecnología, de combustible y productos químicos. Nada de eso puede hacerse en la mayoría, o en casi todos, los países africanos. Esos productos deberían ser importados y los países no tienen capacidad de compra. Salvo que para ello aumenten su producción de bienes exportables como café, algodón, cacao, maní, sisal o tabaco. Algo también imposible en las circunstancias actuales y mediatas. Por otra parte extender esos cultivos implicaría transferir nuevamente tierras dedicadas en forma creciente a la producción de alimentos para la subsistencia.
De utilizarse créditos externos provenientes de fuentes internacionales para financiar la compra de maquinarias, equipos e insumos químicos, aumentará la dependencia externa de los países. Los precios de los insumos mencionados y el del combustible involucrado en todo el proceso aumentan constantemente. La consecuencia será entonces una mayor producción de granos y cereales a mayores costos que sólo podrán ser dedicados a la exportación y las divisas obtenidas derivarlas a la amortización de los créditos recibidos. Por otra parte, los consumidores locales no tendrían acceso a esos productos debido a los altos precios de los mismos. La paradoja estaría cumplida. En el interés de los propios países africanos, la ayuda de los organismos internacionales no debería orientarse por este camino.
Si se considera la utilización de créditos ofrecidos por fuentes nacionales extranjeras, surge entonces el problema de la capacidad de pago de los países africanos, de los aspectos estructurales de su comercio exterior, de la solidez y estabilidad de sus gobiernos. En este sentido los Estados son muy reticentes al otorgamiento de líneas de crédito. La Union d’Assureurs Pour le Controle des Credits Internationaux conocida como la Unión de Berna, tiene pautas muy precisas al respecto. La Unión de Berna, formada por compañías de seguro cuyos miembros representan a 23 de los principales países vinculados al comercio mundial, ofrece el asesoramiento necesario a las aseguradoras mundiales para el otorgamiento de créditos a las exportaciones y las coberturas necesarias contra los riesgos ordinarios o comerciales, derivados de la insolvencia de los compradores extranjeros, y contra el riesgo extraordinario o político, o sea de aquellos acontecimientos que escapan de las manos del exportador extranjero. Acorde con sus informaciones, recogidas por la experiencia de sus actividades de 50 años, la Unión de Berna recomienda la máxima cautela en la financiación de las operaciones comerciales con los países africanos. Sólo confiere algunas garantías para operaciones a corto plazo con países como Costa de Marfil y Nigeria, entre unos muy pocos más. El resto de los países africanos están en las categorías de “abiertos con restricciones” o mayoritariamente “fuera de cobertura”, que son las clasificaciones que utiliza la Unión de Berna para las operaciones riesgosas.
Queda sólo considerar el caso de lo que pueden hacer los propios gobiernos africanos, para remediar esta situación. Según lo que hemos comentado ya poco y nada. Las administraciones públicas africanas carecen de un nivel de capacitación para hacer viable innovaciones de importancia. En las cúpulas se desempeñan funcionarios de mayor formación, que generalmente han cursado estudios superiores en universidades europeas. En algunos casos ellos luchan denodadamente por implementar estrategias de desarrollo que, teniendo en cuenta los elementos disponibles, puedan satisfacer sus reales necesidades.
Un principio de solución efectiva, que remedie esta nefasta situación de hambre crónica, debe buscarse en la armonización de la ayuda internacional con el esfuerzo de los gobiernos africanos. A.
 
Lagos, Nigeria. Enero 1981.

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