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– Prensa Económica, Año XXXIII, No. 289, pag. 130. Julio 2008, Buenos Aires, Argentina.

Argentina necesita un profundo cambio social y cultural además del político y económico. Es un proceso que requiere un par de generaciones como mínimo para mostrar resultados. Ninguno de los países que lograron un crecimiento económico espectacular pudo realizarlo sin una verdadera y autentica vocación nacional.

Argentina vuelve a estar “bendecida” por la bonanza de un largo y prolongado ciclo positivo de la economía mundial. Y nuevamente vuelve a desperdiciarlo, terminando así con los abundantes comentarios oficiales que se difundían hasta hace un pocos meses relativos al crecimiento de su economía a niveles “asiáticos”, un término utilizado para emular el sostenido desarrollo chino de los últimos 15 años.

Pero independientemente del conflicto entre el campo y las autoridades del Gobierno nacional al que asistimos con estupor desde adentro y desde afuera del país, de las altas cotizaciones de los commodities agropecuarios que involucran a dos tercios de las ventas al exterior, lo cierto es que la participación de Argentina en el comercio mundial es bajísima, menos del 0,4%, lo que en términos estadísticos se define como insignificante y en términos comerciales, marginal.

Según los datos de la Organización Mundial de Comercio (OMC) del año 2006, las exportaciones globales fueron de 12,1 billones de dólares mientras que las argentinas fueron de 46 mil millones.

Una investigación realizada por el Prof. Gustavo Lazzari, de la Universidad de Buenos Aires ilustra que en 1948, las ventas argentinas al mundo eran el 2,8% del total. Solo 5 años después, en 1953 y durante un mismo gobierno, ya habían descendido a la mitad, al 1,3%. Luego en 1963 cayeron al 0,9% y en 1973 fue de 0,6%. En 1983 parece haber llegado a su nivel mas bajo, de 0,4% y desde hace 25 años no ha podido superar ese nivel, el puesto numero 46 en el conjunto mundial. Lo cual, paradójicamente, parece ser un éxito: la situación no ha empeorado en el último cuarto de siglo. Bueno, ¡no sabemos si a partir de ahora recordaremos con añoranza el despreciable 0,4 %!

Estas cifras, y fundamentalmente las comparaciones, muestran claramente los resultados de una falta de política consistente y sustentable en materia de comercio exterior. O al menos de una política exterior. O más simplemente de una política.

De haberse podido mantener el volumen de ventas de 1948, Argentina estaría vendiendo 338,3 mil millones de dólares anuales y se ubicaría junto a Canadá, Bélgica, Hong Kong, Rusia y Corea, o sea entre los diez primeros exportadores del mundo.

Revertir esta situación resulta imposible en el corto plazo, improbable en el mediano e incierta en el futuro. ¿Por que? Porque la inercia cultural es un obstáculo demasiado formidable por superar. No son solo los políticos corruptos, o los militares ineptos. Es la comunidad carente de solidaridad, las clases sociales acostumbradas a las dádivas de los gobiernos, los grandes empresarios que prosperan gracias a las prebendas del Estado. Es la sociedad en su conjunto la que requiere un cambio profundo.

Capitalizar los resultados positivos del “viento de cola” sin una reforma económica, social, cultural y estructural efectiva, significa que el populismo económico sigue vigente y los resultados eleccionarios muestran que el método es efectivo y rinde sus abultados frutos. El sistema político continúa la práctica de emplear la abundancia de divisas para controlar masas de electores cada vez menos educadas, y por lo tanto, más fáciles de manejar.

La sociedad parece no poder desligarse de la herencia que dominó la historia durante el Siglo XX. Las nuevas generaciones de líderes, políticos y empresarios, no han aprendido de la historia, o lo han hecho maléficamente muy bien, y siguen buscando las soluciones simplistas del populismo.

Argentina necesita un profundo cambio social y cultural además del político y económico. Es un proceso que requiere un par de generaciones como mínimo para mostrar resultados. Ninguno de los países que lograron un crecimiento económico espectacular pudo realizarlo sin una verdadera y autentica vocación nacional de los dirigentes políticos, con el compromiso responsable de los funcionarios públicos en el cumplimiento de sus funciones, con el esfuerzo y la imaginación de los empresarios en un régimen de competencia, con un serio compromiso con el sistema educativo también competitivo, con la búsqueda permanente de una transformación tecnológica con fuertes inversiones en investigación científica y con una genuina conciencia nacional del conjunto de la población. Nada más simple y más difícil a la vez. A.

Buenos Aires, Argentina. Julio 2008

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