La reciente entrevista a Gladys Lechini y una circunstancial noticia de los diarios comentando el potencial del mercado angolano para los productos alimenticios argentinos, resucitó un tema permanentemente excluido de nuestro foco informativo: África. Justamente Brasil ofrece un ejemplo de perseverancia en ¡40 años! hasta alcanzar los 20.000 millones de dólares de intercambio comercial con ese continente.

En relación a ambas citas, hay un antecedente se ajusta muy adecuadamente a los temas mencionados.
Lo que sigue a continuación fue una nota publicada en El Cronista Comercial el 21 de mayo de 1981. “Mientras Angola aún era una colonia portuguesa en 1972, el grupo brasileño Pan de Azúcar construyó en Luanda un supermercado de 10.000 metros cuadrados que revolu­cionó el sistema de abasteci­miento y distribución de alimentos en esta capital. Es in­dudable que Itamaraty tuvo presente esta primera experiencia de inversión comercial en África cuando trazaba su política hacia este continente y cuando en ese contexto se apre­suró a reconocer la indepen­dencia de Angola. Pero ese reconocimiento no fue un mero acto diplomático formal. Los brasileños, además, enviaron tres barcos cargados de ali­mentos para sostener al gobier­no de Agostinho Neto. Los barcos partieron de Santos hacia Luanda en una operación coor­dinada por Itamaraty y el gru­po Pan de Azúcar en momentos en que la exportación de varios de los productos embarcados estaba prohibida en Brasil.
 
Palacio Itamaraty
Ministerio de
 Relaciones Exteriores.

Pero ese no fue un hecho aislado, espasmódico, o una idea circunstancial de los brasileños sino un proyecto de política exterior trazado cuidadosamente por Itamaraty junto a las imprescindibles adhesiones internas que fue siendo mejorado en el transcurso de los sucesivos gobiernos brasileños de los últimos ¡40 años! Es lo que se llama una política de Estado.

Analizando la evolución de las rela­ciones políticas y económicas entre Brasil y África, encontramos que el intercambio comercial a través del Atlántico pasó de 100 millo­nes de dólares en 1970, a unos 1.150 millones en 1979, 10 años después de que fueran fijados los objetivos de Gobierno. Esas cifras fueron elo­cuentes en cuanto al crecimien­to operado en el lapso mencionado pero aún no fueron significa­tivas ni en términos absolutos ni en términos relativos para Brasil o para África. Hoy, después de cuatro décadas de activa participación comercial a la que se sumaron los rubros de servicios, consultorías, transferencia de tecnología y marcada presen­cia artística, cultural y deportiva en varios países del África, la presencia de Brasil se acrecienta día a día. Y en el rubro comercio, el intercambio se quintuplicó entre 2001 y 2010 hasta alcanzar los 10.000 millones de dólares.
Para quien pueda interesarle como se construyó esa estrecha relación y los ajustes que se realizaron en la estrategia política de Brasil, buena parte de los detalles son los que siguen a continuación.
 
Como se estructuró la política con África.
 
¿Cómo se produce esa evolu­ción en las relaciones entre ese continente y el país sudamericano? No puede dejar de mencionarse como aspecto fa­vorable que África y Brasil, además de la proximidad ge­ográfica, tienen orígenes co­munes: ambos fueron colonias de países europeos y, en el caso de Angola, Cabo Verde, Guinea-Bissau y Mozambique, aun de la mis­ma metrópolis. Brasil es, ade­más, el segundo país de raza negra del mundo, después de Nigeria y por encima de la gran mayoría de los países africanos. Los traficantes de esclavos proveyeron de abun­dante mano de obra a la flore­ciente colonia portuguesa en Sudamérica hasta bien entrado el siglo XIX ya
que Brasil re­cién abolió la esclavitud en 1888. Con esa libertad otorga­da, unos 3.000 negros regresa­ron al África occidental al co­menzar el siglo XX y muchos de sus descendientes ocuparon destaca­das posiciones en Nigeria, Ghana, Togo y Benín.

A pesar de ese origen común, Brasil acompañó y apoyó la política colonialista de Portugal en África durante todo el largo gobierno de Salazar y hasta la revolución del 25 de abril de 1974. Para ese en­tonces, las colonias portu­guesas de África estaban finalizando su lucha contra el impe­rio colonial para poder sumar­se, aunque tardíamente, a la ola independentista que había recorrido África a comienzos de la década del 60. La política exterior portuguesa se aline­aba junto a Sudáfrica, en su apartheid, y junto a Rhodesia, en su racismo.
Consecuente­mente le daba la espalda al res­to de los países africanos que habían hecho de esa cuestión racial, uno de los fundamentos básicos de su política exterior.
Hacia una política exterior independiente.
 
Cuando el presidente Ernesto Geisel (1974-1979) asume el po­der en marzo de 1974, encuentra pocos rastros del “mi­lagro brasileño” que había ca­racterizado al período económico de la segunda parte de la década de los años 60. La infla­ción aumentaba, entre otros motivos, por el aumento en los precios del petróleo provocado por el embargo de los países miembros de la OPEP y que re­percutía más gravemente en las economías de aquellos países que, como Brasil, no poseían recursos energéticos adecuados. Las deudas en el exte­rior eran del orden de los 40 mil millones de dólares. El liderazgo de Estados Unidos, en el cual Brasil estaba alineado, sufría las consecuencias de la crisis de la energía de 1973 y de los avatares de la guerra de Vietnam. Brasil no podía librar una batalla económica estando ligada a las “fronteras ideológi­cas” respecto del comunismo y la eliminación de un gran número de mercados potenciales en el mundo, hecho que comprometía seriamente su de­sarrollo.
 
Golbery do Couto
e Silva
(1911-1987)

La salida para supe­rar esta crisis fue elaborada por el Ministerio de Relaciones Exteriores, Itamaraty, en la reformulación de su política exterior y fue la primera vez que el régimen militar en el poder adoptaba una estrategia internacional independiente. Sur­gió así la política del pragma­tismo responsable cuyo plan­teamiento satisfacía a la ma­yoría de los sectores. Inme­diatamente Brasil se ubicó junto a los países no alineados de los organismos internacionales y se establecieron relaciones comerciales con China.

En África, Brasil fue el pri­mer país occidental en recono­cer la independencia de Guinea-Bissau, ofreciéndole asistencia técnica en telecomu­nicaciones al líder revoluciona­rio Luis Almeida Cabral. Y fue también bajo el gobierno de Geisel que el canciller Azevedo da Silveira mencionó la adhe­sión brasileña a la teoría ge­opolítica del general Golbery do Couto e Silva de que el océ­ano Atlántico es una frontera natural que une Brasil al África, colocando al continente negro en la segunda prioridad de su cartera después de América Latina.
 
Sin embargo, la más elocuen­te muestra del cambio de políti­ca hecho por Brasil, fue apresurarse a reconocer, primero que ningún otro país en el mun­do, al Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) cuya lucha revolu­cionaria terminó en la independencia de Angola el 11 de no­viembre de 1975.
La decisión fue resistida por algunos círculos radicales de Brasilia y arriesgada políticamente por cuanto el nuevo go­bierno angoleño instalado en Luanda estaba sitiado por las tropas de la Unión para la Inde­pendencia Total de Angola (UNITA) que invadían el territorio desde Sudáfrica. A partir de ese momento, África se reencontró con un an­tiguo conocido de las épocas coloniales.
Un poco de historia.
 
Hasta el siglo XVIII puede decirse que la capital de las provincias marítimas de Portugal estaba en Bahía. En esa capital brasileña se gesta­ron los primeros planes emancipadores de las colonias lusi­tanas. Los portugueses detec­taron el movimiento y lo ani­quilaron. Los expulsados afri­canos recalaron en Brasil y los brasileños terminaron sus días en Mozambique.
 
Durante el siglo XIX las colo­nias americanas comenzaron su proceso de independencia y Brasil se concentró en su ex­pansión y desarrollo. Por su parte los europeos iniciaron la ocupación del territorio africa­no en forma sistemática. Las colonias africanas sólo comerciaban con sus metrópolis y du­rante muchas décadas las co­municaciones sobre el Atlánti­co quedaron interrumpidas. Pero el proceso de descoloniza­ción iniciado por las potencias europeas a fines de la década del 50 arrojó a la comunidad de naciones a un conjunto de nuevos estados africanos que comenzaron a ocupar lugares en los foros internacionales. Así concurren a las reuniones previas que habrían de culmi­nar en la Alianza de Producto­res de Cacao de 1962 países co­mo Nigeria, Ghana, Costa de Marfil, Togo, Camerún y Bra­sil. Fue ese uno de los prime­ros encuentros entre los africa­nos y los brasileños después de muchos años y en circunstan­cias muy distintas. Importante es destacar que aquél fue un acuerdo cuyo objetivo era aunar esfuerzos para formali­zar una política común que pro­tegiera sus intereses mutuos por encima de posturas compe­titivas.
 
Hasta esos momentos Brasil sólo tenía una representación diplomática en Senegal pues Dakar era una plataforma muy importante para las comunicaciones aéreas y marítimas entre Europa y América del Sur. En la época de Janio Quadros (1961), la importancia de mantener buenas relaciones con los países de clima tropical con economías productivas similares hace que Brasil abra unas pocas embajadas más en África. Quadros nombró al primer embajador negro, Ramiro Souza Dantas, en Ghana. Esa nominación fue bastante resis­tida porque además del color de su piel, Souza Dantas no per­tenecía a los cuadros de Itama­raty.
 
La mayor cadena de
supermercados minoristas
de Brasil.
En los años siguientes, la política africana no estuvo entre las prioridades mundiales. La atención internacional se con­centró en las tensiones del sudeste asiático y, posteriormente, en la guerra de Vietnam. De todas maneras los africanos siguen las alternativas políticas de su aliado productor de materias primas tropicales. Así fue que no pasó inadvertida la revolución de derecha radical de Brasil en 1964, que desde el lado oriental del Atlántico se interpretó como poco favorable para ahondar el reciente conocimiento entre países. Como para que no le quedaran dudas a los africanos, éstos observaron cómo Brasil prefería reforzar sus relaciones con Sudáfrica.
Con la presidencia de Costa e Silva (1967-1969) y un gobierno ubicado más en la centro derecha, aumentaron las ex­pectativas de amistad y fue así como Itamaraty comenzó a observar más atentamente a África, esta vez como mercado propicio para la colocación de una larga serie de bienes de consumo cuyos excedentes eran la consecuencia de una expansiva política económica puesta en marcha por el go­bierno surgido de la revolución de 1964.
Durante el gobierno de Garrastazú Medici (1969-1974) se iniciaron una serie de avances y retrocesos. Por un lado se iba implementando una políti­ca africana más independiente. Por otro, el retorno a una política africana más radical hacía cometer algunos tropiezos. Los africanos de Togo, Benín, Nigeria, Camerún, Gabón, Zaire, Senegal, Costa de Marfil y Ghana recibieron en 1972 la visita del canciller Ma­rio Gibson Barbosa. Los objetivos fueron mejor definidos en esta oportunidad pero los medios para lograrlos aún no esta­ban del todo claros. A pesar de resaltar los orígenes comunes, la misión tuvo un carácter pa­ternalista que disgustó a los africanos.
 
Pero el nuevo proyecto de política exterior estaba trazado y las adhesiones internas permitieron mejorarlo. Es en ese contexto que se produce el epi­sodio que dio comienzo a esta nota y que es preciso tenerlo en cuenta para comprender mejor el proceso de cambio que se operó en la política brasileña respecto de África.

Como queda demostrado, el supermercado no fue el inicio sino la culminación de una estrategia geopolítica cuidadosamente planificada. Aun asi, hubo aciertos y errores que llevó años ajustar. A.

Virginia, Estados Unidos. Enero 2012.