Una escuela de vida

En el bosque está el recuerdo de su voz
Que la brisa en su seno guardo
Y en el leño que brinda su llama al fogón
Vive el fuego de su corazón.
El viejo acampante
Que esta vida no olvidó
Está con nosotros
Al cantar esta canción.
Viene del ayer, recuerdo que no murió,
voz y fuego que el bosque guardó.
El viejo acampante.

El lema de Económicas era “Campamento es escuela de vida” y de verdad lo fue así. A partir de aquella experiencia, no hubo momento de mi vida que no estuviera ligado a algún recuerdo de aquella rica experiencia. Ese recuerdo se acentúa aún más cuando enfrentábamos momentos difíciles de lo cotidiano. ¡Había aprendido a superar los obstáculos!

Cada uno de nosotros se había acercado a Campamento Económicas por distintas razones. Los había quienes eran hijos únicos, quienes no tenían hermanos, o hermanas, quienes la alta protección familiar no los había puesto nunca frente a la necesidad de cocinar, de cuidarse a sí mismos, de cuidar a los demás. O eran prejuiciosos con la comida, o egoístas con sus pertenencias. O temerosos de la Naturaleza, la lluvia, el viento, el frio. Quienes no habían sido iluminados por las estrellas en nuestra cotidiana vida urbana. Quienes no habían comparado con humildad la inmensidad del Universo en nuestro efímero paso por la vida. Quienes no se habían enfrentado con obstáculos y no fueron obligados a superarlos por un simple y elemental motivo de… supervivencia.

Todo eso nos enseñó Campamento Económicas y mucho, mucho más. Conocimos en la práctica el profundo sentido de la ecología. Aprendimos a amar a la Naturaleza y a saber que dependíamos de ella. A respetar a las autoridades de los Parques Nacionales que velaban por nuestra seguridad. A admirar la abnegada misión de la Gendarmería Nacional en los puestos más remotos de los límites de nuestra geografía, tomamos mate con ellos, jugamos al truco, compartimos truchas asadas, avutardas y cuanto “bicho que camina” lo pusimos al asador. Eran manjares que rompían la rutina de la polenta, el arroz y el mondongo deshidratado. Los gendarmes y los guardaparques eran nuestros amigos donde quiera que los encontráramos.

Y, fundamentalmente, aprendíamos a vivir en comunidad, creyentes de distintos dioses junto a ateos, sin egoísmos, sabiendo que dependíamos el uno del otro, hermanados en los cotidianos fogones de canciones, juegos y sketchs, con un profundo respeto por los demás, por el medio ambiente al que cuidábamos como lo que debe ser, nuestra casa mayor, la que nos cobijaba a todos.

Frente a toda esa magnificencia, el peso de las mochilas, las limitaciones del menú, el cansancio de las larguísimas caminatas, la ausencia de comodidades, eran mínimos precios a pagar frente a lo que aprendíamos continuamente, a lo que modificaba nuestra formación y se incorporaba a ella. Nos convertíamos en personas nuevas y más sensibles.

Con pocos matices, todos realizábamos experiencias similares y nuestras vivencias se repetían de igual forma. Casi 50 años después Mary Grunfeld recordaba el 15 de enero de 2015. “Leyendo tu historia, sentí algo en el corazón que tenía cuidadosamente atesorado. En Campamento aprendí que la vida es más que la vida. Es compartirla con todos, sentir  la mente abierta y sentir la Playa del Francés como mi casa. Es lavar los platos de otros en el lago, cocinar para todos y comer lo que otros cocinan, no soportar ir a dormir para no perderme ni un acorde de la guitarreada, ver matar un corderito y llorar a mares y a la noche comérmelo sin ninguna culpa… Y volví a valorar el inmenso trabajo que era organizar y comprar  los insumos para todo un mes y volví a asombrarme de mi misma al realizar aquellas tareas que aun hoy me parecen enormes y agradecer infinitamente a quienes también se ocuparon de mí!!! Somos como somos gracias a Campamento, quienes nunca lo hicieron no pueden saber lo que nos regaló la vida! Y lo que me regaló a mí para enfrentar la vida!”.

Si, sin duda, Campamento Económicas fue una escuela de vida. A.

Buenos Aires, Argentina. Octubre 2016.