Supervivencia

Claro que Campamento Económicas fue una escuela de vida (ver http://www.apuntonews.com/campamento-economicas-una-escuela-de-vida/). Pero cada tanto es conveniente hacer un curso de actualización. No debe dejarse escapar la posibilidad de continuar incorporando información en todos los aspectos.

Así, durante mi estadía en Buenos Aires en 1990 surgió la inquietud de refrescar conocimientos a las vivencias de mis épocas de estudiante universitario.

La Escuela Argentina de Supervivencia brindaba la oportunidad de hacer un curso con clases teóricas y prácticas para culminar con una dura prueba de realismo “abandonados” en una isla del delta del Tigre por 72 horas, el complemento para la graduación final.

¡No se rinda! ¡Luche! ¡Es su vida!
1. Mantenga la calma.
2. Observe a su alrededor. Familiarícese con el lugar.
3. Hable con el grupo.
4. Si está solo, hable con usted mismo en voz alta.
5. No grite, no gaste energías inútilmente.
6. Planifique, fácil, sencilla y coherentemente.
7. Tenga seguridad y confianza al iniciar una marcha, sepa a donde va.
8. Determine la ruta más fácil, más rápida y más segura.
9. Tome puntos de referencia, mire el camino que va dejando atrás.
10. No camine de noche, salvo que sea imprescindible.
11. Tome abundante agua, al anochecer y al amanecer.
12. No exponga su cuerpo al sol.
13. Evite mojaduras prolongadas.
14. Ante una mínima lesión física, deténgase y cúrese. Luego siga.
15. Proteja sus ojos y manos.
16. Potabilice el agua que va a tomar.
17. Mantenga firme su deseo de sobrevivir.

Influyó mucho la ocasión de haber conocido a un maravilloso ser humano, el profesor Mario Pereyra. Con su aliento, y mis 47 años, me uní a un juvenil grupo de entusiastas de todo tipo: profesores de educación física, amas de casa, empleados, profesionales diversos, estudiantes, comerciantes, técnicos, docentes. Todos entre los 17 y 29 años… y yo.

Las enseñanzas se basaban en generar confianza en técnicas para sobrevivir y, fundamentalmente, impedir que el miedo y el pánico nos domine ante una situación desconocida y de emergencia, que la desesperación no nos paralice, que la situación extrema no nos sorprenda y saber qué hacer y de qué forma proceder para superar una situación límite inesperada.

Durante los dos meses del curso, entre abril y mayo, de 1990, la capacitación tuvo principalmente un enfoque psicológico para controlar y superar esos miedos que nos bloquear la mente. Aprendimos a desarrollar la autoconfianza, a tener sentido del peligro, a conocer la importancia de mantenerse ocupado, a disciplinarnos, a evitar que el pánico nos disminuye la energía, nos confunda y, fundamentalmente, nos provoque la pérdida de la voluntad de vivir.

Las clases teóricas y prácticas resultaron interesantísimas y revivieron en mí todos recuerdos de mis experiencias de campamento con mis compañeros de la Facultad de Ciencias Económicas. También se formó un agradable grupo humano unido por el mismo interés. Algunos estaban ligados a actividades al aire libre y deportes de aventura. Otros, sin embargo, lo abordaban con curiosidad. Poco a poco nos fuimos familiarizando con el tema y tomando confianza con el profesor. Todos sabíamos que la “graduación” iba a ser una dura prueba de fuego y aguardábamos ese momento de tres días con expectativa y un dejo de temor y nerviosismo, en grados variados.

En la confianza con Mario íbamos tratando de sacar alguna ventaja para superar mejor la prueba final que se avecinaba. “Mario, ¿puedo llevar unas barritas de chocolate?”. Mario nos miraba con indulgencia y complicidad y nos decía “Bueno, pero no mucho”. Al fin de semana siguiente los pedidos aumentaban en calidad y cantidad: “Mario, ¿puedo llevar un nylon por si llueve para la noche?”. Nuevamente la respuesta se repetía en el mayor secreto.

Así pasaron las clases y los fines de semana hasta que llegó el momento del ensayo final. El encuentro fue en la estación fluvial del Tigre y allí comprobamos que todos llevábamos un importante equipo de “supervivencia” que constaba de una mochila más o menos voluminosa pero equipada como para una travesía de varios días y comodidades de un alojamiento al menos mediocre.

Confiados y animosos emprendimos la navegación vaya uno a saber donde. En algún lugar desconocido, en alguna de las infinitas islas del delta, bajamos nosotros y nuestros bártulos, dispuestos a disfrutar de unas jornadas de agradable camaradería.

El lugar del desembarco tenía una tupida vegetación, perfumes diversos, una exuberante tranquilidad y belleza. Comenzamos a transitar con entusiasmo un sendero apenas perceptible, siguiendo a nuestro profesor y un par de sus ayudantes hasta llegar a un claro donde nos fuimos reuniendo. Mario espero a que nos agrupáramos, nos pidió que nos acercáramos y en tono solemne declaró “Ha ocurrido un accidente imprevisto. Nuestro avión ha caído en esta soledad y somos los únicos sobrevivientes. Todas nuestras pertenencias se han perdido y solo contamos con lo puesto. Dejen toda sus cosas aquí porque ya no las tenemos y tratemos de sobrevivir como podamos, dirigiéndonos a algún lugar donde nos puedan rescatar”.

Lo cierto fue que el ambiente había sido excelentemente creado: una excursión sobre la que se habían bajado las expectativas hasta el nivel de un paseo de aventuras, una interrupción dramática y no esperada y la necesidad imperiosa de superar la situación. Estuvimos esperando lo mejor pero estábamos preparados para superar lo peor.

En ese momento valoramos todos los conocimientos que habíamos incorporado en las semanas del curso. Extremamos las precauciones para evitar accidentes, comenzamos a aguzar nuestros sentimos, a orientarnos por la puesta del sol y por la lectura del cielo estrellado, empezamos a acopiar cuanto material encontrábamos desperdigado por la isla. Las latas viejas pasaron a ser ollas, algunas especies vegetales se convirtieron en buenos condimentos, el ingenio hizo que pudiéramos pescar algo de las aguas circundantes, los filtros elementales nos permitieron beber líquidos… El cuerpo y su funcionamiento se adaptan rápidamente a la adversidad e infortunio logrando un delicado equilibrio entre lo necesario y lo posible. Así, por tres largos días en los que minimizamos los efectos adversos, superamos las dificultades y pudimos “salvar nuestras vidas y la de los demás”.

El regreso al Tigre, la ciudad y la civilización fue celebrado con una suculenta comida en la que no faltaron pizzas, cervezas y excelentes recuerdos.

mario-pereyraMario Pereyra (1943-2015), profesor de educación física, fue capitán del equipo de boxeo en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964 e instructor de supervivencia en la Escuela Naval Militar. Fue el primero en recorrer a pie toda la Isla de los Estados entre diciembre de 1989 y enero de 1990. Como bien dice su esposa Ileana Pilar Mombru “El 19 de enero del 2015 Mario armó su mochila y se fue a la montaña. Durante 3 años y medio la preparó con todo esmero. Así que creo que donde está no le faltará nada”. Donde estés, un fuerte abrazo Mario. A.

Buenos Aires, Argentina. Diciembre 2016.